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La Semilla que Nunca Murió

  • 7 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 8 sept 2025

He tenido el privilegio de acompañar historias que parecían imposibles. Personas que me buscan para celebrar su amor después de haber pasado veinte, treinta o más años separados. Hombres y mujeres que, en su juventud, compartieron un instante tan profundo que se grabó para siempre en la memoria y en el corazón.

Por Asman Ortiz

A veces fue un romance breve, otras un noviazgo de meses o un primer amor que la vida interrumpió. Las circunstancias los llevaron por caminos distintos: estudios, familias, ciudades, decisiones que parecían definitivas. Y, sin embargo, ese recuerdo quedó guardado, como una semilla escondida bajo la tierra, esperando su momento para brotar.

Hoy, muchos años después, vuelven a encontrarse. Y yo tengo la fortuna de ser testigo y cómplice en la celebración de ese reencuentro.

El poder de lo inacabado

Cuando escucho sus historias, siento que lo inacabado tiene una fuerza misteriosa. Ese “¿qué hubiera pasado si…?” que si lo que quedó flotando en el aire no desaparece. Se convierte en un anhelo silencioso que acompaña durante toda la vida.


¿Quién no guarda en el fondo de su corazón un amor que no se concretó del todo?

¿Quién no ha sentido la nostalgia de aquello que pudo haber sido?


Me he preguntado muchas veces que es lo que hace que una pareja así sostenga ese vínculo a través de los años, aunque no podría generalizar tengo algunas sospechas como por ejemplo sé que los recuerdos significativos se graban en el cuerpo y en la mente como programas inconscientes. Si un amor de juventud fue intenso, aunque breve, queda alojado como una huella emocional imborrable. Esa memoria, aunque duerma, sigue latiendo en silencio. En un libro de Jürgen Klaric dice que lo que queda inconcluso tiene más fuerza en la mente que lo que se completa. El “¿qué hubiera pasado si…?” mantiene viva la semilla porque la mente busca cerrar círculos abiertos. La mente positiva o la percepción de la posibilidad, para mi podría ser fundamental, que dos personas se encuentren de nuevo tras 30 años puede parecer improbable, pero el amor se alimenta de la convicción de que todo es posible. Esa creencia mantiene viva la semilla.

Ahora debo hablar acerca de lo que está más allá de lo racional, hay un campo invisible de resonancia, se le podría llamar destino. Dos personas pueden sentir, aunque no lo expresen, que siguen conectadas. Ese “llamado” actúa como un imán a lo largo del tiempo, hasta que la vida abre el espacio del reencuentro cuando ambos están listos para entregarse mutuamente.


La alquimia del reencuentro

En la juventud vivimos la química: la intensidad de lo nuevo, lo inesperado, lo inmediato. Pero cuando el amor se reencuentra después de tantos años, ya no es solo química: es alquimia. Es la elección consciente de volver a mirarse, de reconocerse en la madurez, de elegir construir donde antes solo había sueños.

Esa alquimia conmueve porque no depende de la casualidad, sino de la decisión. Y demuestra que el tiempo no destruye el amor verdadero; lo transforma. La alquimia se integra entre dos almas que se han deconstruido y reconstruido múltiples veces a lo largo de los años, de sus errores y aciertos, de sus victorias y fracasos, amores y desamores, al final ese camino recorrido ha sido perfecto para lograr construir con bases sólidas.

Cada pareja que me ha confiado su historia me recuerda que el amor no sigue relojes ni calendarios. Lo imposible se vuelve posible cuando dos corazones laten en la misma sintonía, aun después de décadas.

Y entonces me pregunto:

  • ¿Qué recuerdos has guardado en silencio, como una semilla esperando florecer?

  • ¿Qué persona sigue viva en tu memoria, aunque la vida los haya separado?

  • ¿Y si esa persona también piensa en ti, sin que lo sepas?

El amor tiene una forma misteriosa de permanecer. Puede dormirse bajo capas de tiempo, distancia y silencio, pero cuando se reencuentra con la mirada correcta, revive con más fuerza que nunca.

Yo lo he visto. Lo he celebrado. He sido testigo de abrazos que parecían imposibles, de promesas que por fin encontraron su lugar, de lágrimas que no eran de nostalgia, sino de alegría por un nuevo comienzo.

Si alguna vez sentiste que el amor se te escapó de las manos, no pierdas la esperanza. Tal vez esa historia no terminó, tal vez solo está esperando el momento perfecto para renacer.

Porque hay semillas que nunca mueren.

 
 
 

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