La mesa está lista.
No hay grandes producciones. No hay escenarios espectaculares.
Solo dos personas frente a frente.
Una botella abierta. Dos copas. Una conversación que comenzó hablando del día y terminó hablando del futuro.
Las velas blancas iluminan la mesa con una luz serena.
No buscan llamar la atención.
Su trabajo es otro.
Crear ese tipo de atmósfera donde las distracciones desaparecen y las personas vuelven a encontrarse.
La ciudad sigue moviéndose afuera.
Pero dentro de esa habitación parece que todo se detiene.
Las palabras llegan más despacio.
Las sonrisas duran más.
Y los silencios dejan de sentirse vacíos.

