A veces una relación no necesita una gran sorpresa.
Necesita una mesa encendida, dos copas servidas y el tiempo suficiente para volver a encontrarse.
Imagina una noche cualquiera.
No hay aniversario. No hay una fecha especial marcada en el calendario.
Solo dos personas que decidieron apagar el ruido del día.
Sobre la mesa descansan cinco velas rojas encendidas.
La luz cálida transforma el espacio.
La conversación comienza hablando de cosas simples: cómo estuvo el trabajo, qué planes tienen para el fin de semana, qué serie quieren ver después.
Pero algo sucede cuando la luz cambia.
Las palabras también cambian.
Empiezan a recordar viajes. Hablan de momentos difíciles que lograron superar. Se ríen de historias que nadie más entendería.
Y sin darse cuenta, la noche deja de ser una noche cualquiera.
Se convierte en una de esas escenas que años después regresan a la memoria sin esfuerzo.

